Old Jeep

RELATOS: Una carretera, dos mochilas. El viaje de un padre e hijo

Cada kilómetro es un mapa hacia momentos irremplazables.

El reloj del jeep marcaba las 06:12 cuando el papá giró la llave del encendido. El motor rugió con ese tono viejo pero confiable de un vehículo que no estaba hecho para correr, sino para disfrutar y descubrir. Frente al parabrisas: una carretera recta, infinita, que se perdía entre las sombras del amanecer y la promesa de un sol aún escondido.

¿Listo, capitán? —preguntó el padre, mirando de reojo a su copiloto, un niño de ocho años con la nariz aún pegada a una almohada y una sonrisa que se dibujaba aunque los ojos se resistieran a abrirse del todo.

¿Ya estamos partiendo? —murmuró Simón, con la voz áspera de quien acaba de salir del sueño.

Partimos hace rato. Cada viaje empieza antes de subirse al auto —dijo el papá, tomando un sorbo al café mientras arrancaban.

El cartel verde decía “Desierto de Almahue – 320 km”. Más allá, sólo tierra agrietada, piedras sueltas, arbustos con complejo de bonsái y un cielo que iba despertando de a poco, como si también estuviera de vacaciones.

Durante los primeros kilómetros hablaron poco. Escucharon un audiolibro sobre criaturas imaginarias y ballenas espaciales. Después, Simón preguntó si las ballenas podían tener sed en el espacio, y su papá respondió que con un poco de ingenio, hasta las preguntas más creativas podían tener respuesta.

A la altura del kilómetro 87, una vicuña les cruzó el camino como una bailarina despistada. Ambos gritaron al mismo tiempo, y luego rieron como si el susto fuera parte del show.

En el kilómetro 114, se detuvieron a cazar piedras raras. Simón encontró una que, según él, tenía forma de helado derritiéndose. El papá encontró una con vetas negras que parecía una huella digital. La guardaron en una caja junto a otras “piedras importantes”, y las clasificaron por nombre: “La Rocasaura”, “Piedra Hamburguesa”, “El Cuarzotron”.

Este viaje es como una película. Pero en vez de dragones y reliquias, tiene piedras con nombre —dijo Simón, serio.

Mejor. Los dragones no se pueden guardar en una caja.

En el kilómetro 203, acamparon. Armaron la carpa al borde de una quebrada silenciosa, con vista a un mar de arena que parecía no tener fin. El cielo se encendía en tonos rosados, como si alguien estuviera pintándolo desde atrás.

Comieron pan con queso y tomaron chocolate caliente. Rieron con una historia de fantasmas inventada por Simón, donde los espíritus no asustaban, sino que pedían consejos para asustar mejor.

Y entonces vino el silencio.

Un silencio enorme, envolvente, que no pesaba. El niño apoyó su cabeza en el hombro del papá mientras miraban las estrellas. Había muchas, infinitas, y parecían titilar con un ritmo que sólo los dos entendían.

¿Cuántas veces vamos a hacer esto? —preguntó Simón.

Las que podamos. Y si no podemos, lo soñamos —respondió el padre.

Me gusta cuando no haces de papá, sino de compañero —dijo el niño.

Es que a veces ser papá es eso: saber cuándo hablar… y cuándo sólo estar.

Durmieron con las puertas de la carpa abiertas, con el viento del desierto como canción de cuna. Y en la madrugada, una ráfaga de polvo entró a jugar con los sacos de dormir, como un perro invisible que quiere correr.

Al día siguiente siguieron el viaje. El jeep se remecía un poco al encender, pero resistía. En el camino ayudaron a un ciclista francés que no hablaba español pero sí entendía las galletas de avena. También vieron un zorro con cara de sabio y una nube solitaria que los siguió por más de 30 minutos.

En el último kilómetro —el 320—, donde la carretera acababa en una curva que no estaba en ningún mapa, Simón levantó la vista y dijo:

Papá, ¿y ahora qué hay?

Nada.

¿Y entonces?

Todo.

Simón sonrió. Sacó una piedra de la caja, la más común, sin forma ni nombre. La tiró al aire y la dejó caer al suelo.

Ahí está. Kilómetro 0 —dijo.

El padre entendió de inmediato. Se bajaron del auto. Se abrazaron sin decir nada. Y entonces, como si lo hubieran ensayado mil veces, se echaron a correr por el camino de tierra que comenzaba ahí mismo, con pasos torpes, carcajadas limpias y el viento del desierto empujando desde atrás.

Por Nico Altamirano & Lumen