Toyota Overland

RELATOS: Kilómetro 983

A veces la bencina no es lo único que uno viene a buscar.

La bencina estaba con la luz encendida desde hacía trece kilómetros, y la última estación la pasé confiando en la clásica lógica estúpida del viajero: “ya vendrá otra más adelante.”

Kilómetro 983. Ruta solitaria, sur de Chile, sin música porque el Bluetooth del auto se había declarado en huelga desde Osorno. El único sonido: el motor rezando en voz baja.

Entonces, como si la Virgen de los vehículos mal mantenidos hubiese escuchado mis súplicas, apareció en el horizonte. Era una estación de servicio vieja, con una única bomba, un cartel oxidado que apenas decía “Servi…” y una tienda que parecía cerrada desde 1998.

Me bajé. La bomba funcionaba… – Milagro.

Mientras llenaba el estanque, vi algo tirado en el suelo. Era una libreta. Vieja, sucia, con tapa de cuero gastado y una elástica que apenas resistía el paso del tiempo.

¿Instinto curioso, o quizás aburrimiento? La abrí.

Primera página:
“Si estás leyendo esto, probablemente también estés huyendo de algo. Bienvenido al club.”

Me reí. Punto para el anónimo.

Pasé la hoja. Fechas, dibujos, coordenadas, frases sueltas. Parecía un diario de ruta… pero no era de viajes, era más bien de emociones.

“Km 431: Quise volver. Me di cuenta de que lo único que quería volver a ver era el perro.”

“Km 672: Lloré escuchando a Cerati. Lo odio por tener razón.”

“Km 811: Dormí dentro del auto con el motor encendido. Cero ganas de apagar nada. Ni el auto ni la cabeza.”

“Km 910: Soñé con ella. No aparecía su cara, pero sí sus frases. Desperté con hambre y pena.”

Cerré la libreta. Me quedé un buen rato con ella en las manos.

No sé por qué, pero decidí sentarme en el capó del auto. El viento del sur pegaba suave, con ese frío amable que uno solo encuentra en la carretera.
Volví a abrirla. Leí más.

“Si algún día encuentras esto, no lo devuelvas. Llévalo. Úsalo. Y cuando esté lleno… déjalo donde otro pueda encontrarlo.”

Al lado, una flecha señalaba hacia la última hoja en blanco, con un pequeño “Te toca.”

No soy muy de escribir. Menos en papel. Pero había algo en ese cuaderno… algo que no gritaba, que no explicaba, pero que entendía.

Busqué en la guantera. Un lápiz sin tapa, de esos que uno cree que nunca va a necesitar.

Y escribí:

“Km 983. Estoy tratando de escapar del cansancio de vivir todo igual. La ruta al menos me cambia el paisaje.”

Lo dejé sobre el mostrador de la tienda cerrada, bajo una piedra.

Volví a la camioneta.

Al encenderla, el Bluetooth se reconectó solo…
Y sonó una canción que no escuchaba hace años…
Una de esas que no sabes si te hace bien… o si te está pateando por dentro.

Por Nico Altamirano & Lumen