Piloto de motos

RELATOS | Etapa 7: Arena, Aceite y Orgullo

El sol de Arabia no perdona. Son las 13:42 y el horizonte tiembla como una ilusión. La arena parece hervir. El rugido del desierto no es metáfora: es real, áspero, casi vivo.

Lucas, chileno, número 148, lleva tres noches sin dormir bien. Las pesadillas no lo visitan —porque para eso tendría que dormir primero. Y justo ahora, su moto le habla en un idioma que conoce demasiado bien: el de las máquinas que están a punto de rendirse.

Un sonido agudo, quebrado, como una licuadora oxidada tratando de mezclar piedras.

No, no, no… —murmura, apagando el motor con un gesto más de resignación que de urgencia.

La arena le cubre hasta media pantorrilla. El aire huele a metal y resignación.

Silencio.

Levanta la visera. El sudor le escurre como si le hubieran abierto una válvula en la nuca. Mira el panel: todo normal. Pero hay un olor sutil, casi fantasmal, a aceite quemado. Una nota disonante en la sinfonía de calor y motor.

—Te dije que no te gustaban las piedras, vieja —susurra a la moto, como si esta pudiera oírle—. Pero igual nos metimos, ¿no?

La sección anterior —una trampa de piedras traicioneras— había hecho estragos.

Se agacha. Y ahí está: una fisura, fina como una promesa mal hecha, en la tapa del filtro de aceite. Nada que sangre, pero sí que gotea. Ochenta kilómetros aún por delante. Ochenta razones para preocuparse.

Entonces, el desierto murmura algo más. Un sonido. Primero leve. Luego nítido. Un motor solitario.

Una moto roja aparece desde el sur, flotando sobre el horizonte como una aparición. Suspensión alta, carenado brillante. Se detiene junto a Lucas sin levantar casi polvo.

—¿Problemas? —pregunta una voz grave, templada, con acento africano.

Lucas se incorpora. Aún respira por la boca.

La vieja está perdiendo sangre —responde, mostrando la fisura con el dedo.

El otro piloto se quita las antiparras. Es Kofi, de Botswana. Tranquilo, casi místico. Su piel tostada refleja más historias que arrugas. Sus ojos no parpadean. Observan.

Tienes suerte. Siempre llevo cinta metálica —dice—. Mi padre solía decir: “Todo lo que no puedes arreglar con cinta, no vale la pena arreglar”.

Lucas sonríe. Hay algo ancestral en esas palabras. O quizá es el agotamiento.

—Tu padre era sabio —dice.

Mientras Kofi desmonta su kit de herramientas como quien prepara un ritual, un segundo rugido aparece. Esta vez es distinto. Más caótico.

Una máquina blanca, sucia como una leyenda exagerada, se lanza hacia ellos. Llega con una nube de arena que los cubre como una cortina.

El piloto se detiene con teatralidad. Se quita el casco como quien revela un secreto.

¡Ah, los dramáticos! —grita.

Es Tom. Australiano. Rostro quemado por el sol y sonrisa de villano simpático.

¿Detenidos ya? ¿O están esperando que se enfríe el desierto?

Tenemos un filtro rajado —responde Lucas, aún agachado.

¡Bah! Crucé Marruecos con media transmisión y un estanque de agua vacío. ¿Qué tienes?

Y como si la escena estuviera escrita, en minutos, el trío improvisa una reparación:

Cinta metálica de Kofi.
Una abrazadera del fondo del kit de Tom.
Y la testarudez de Lucas, que vale más que cualquier repuesto.

La moto tose. Luego ruge. Luego respira.

Te dije que reviviría —dice Kofi, como si hablara de una criatura del desierto.

¿Vamos juntos? —pregunta Lucas.

Tom ya se sube a su máquina.

Nah. Quiero terminar antes de que se haga de noche. Pero si te vuelves a quedar, grita “¡cerveza gratis!” y seguro llego.

Lucas ríe. Kofi también. Los tres arrancan motores.

El tablero parpadea. La hoja de ruta vibra en la pantalla como si dudara.

Ochenta kilómetros de dunas, piedras y silencio.
Pero ahora, algo ha cambiado.
Ya no se corre solo.

Por Nico Altamirano & Lumen