El viento del Pacífico golpeaba con ráfagas juguetonas la visera del casco de Martín. En el asiento trasero, Javiera apretaba su chaqueta contra él cada vez que la moto se inclinaba en una curva. No porque tuviera miedo, sino porque así podía sentir el latido firme que le confirmaba que todo estaba bien.
La moto ronroneaba segura sobre el asfalto, y la carretera costera parecía desplegarse como una cinta gris interminable entre el azul profundo del mar y los cerros cubiertos de pasto seco. Habían salido sin demasiados planes, con apenas una mochila, una carpa y el firme acuerdo de no mirar relojes.
—¿Sabes qué es lo mejor de viajar así? — gritó Javiera, alzando la voz sobre el viento.
—¿Que no tengo que escuchar tus playlists de reggaetón? — respondió Martín con media sonrisa.
Ella le golpeó suavemente el casco. — ¡Que no sabemos dónde vamos a dormir hoy, tonto!
El mediodía los encontró en un pueblo pesquero perdido en la inmensidad del mapa. Calles de tierra, perros dormitando bajo el sol, y un aroma a mar que se mezclaba con algo… ¿fritura? Siguieron el olor hasta un pequeño local pintado de verde y blanco, con mesas de madera sin mantel.
El dueño, un hombre bajo y corpulento, los recibió con la calidez de la gente de pueblo y les sirvió un plato que no reconocieron.
—Es piure con pebre y sopaipillas — dijo, como si fuese lo más natural del mundo.
Javiera y Martín se miraron, desconfiados. Nunca habían comido Piure y este les parecía una criatura extraterrestre naranja, pero el hambre y la curiosidad pudieron más.
—Bueno… si mañana amanecemos vivos, será una buena historia— dijo Martín antes de probarlo.
Un minuto después, ambos estaban llorando de risa, con la boca incendiada por el pebre y las manos manchadas de jugo salado.
—Esto es horrible… y maravilloso al mismo tiempo— balbuceó Javiera.
—Como tú— respondió él riendo, y recibió un empujón juguetón de parte de ella.
Luego de reposar un momento, siguieron la ruta hasta que el sol comenzó a bajar. El horizonte ardía en tonos cobrizos cuando un ruido seco los obligó a detenerse: la cadena de la moto se había soltado. No había señal, ni mecánico, ni nada más que el sonido de las olas y el graznido lejano de unas gaviotas. Martín improvisó una reparación usando un trozo de alambre que encontró en el fondo del bolso de emergencias.
—Si esto aguanta hasta mañana, te invito la cerveza más cara del mundo— dijo Javiera, mirando con cierto recelo el resultado —Pero si no lo logra, tendrás que invitarme una cena… y que no sea piure!—añadió entre risas.
—Trato hecho— respondió Martín, confiado.
Tras retomar la marcha, se desviaron por un camino de tierra que se abría hacia el mar y encontraron un claro cercano a un acantilado con una vista amplia. Armaron la carpa mientras el cielo se encendía de naranja y púrpura. Un café caliente en las manos y el silencio cómodo entre ellos fueron suficientes
Javiera señaló una estrella fugaz.
—Pide un deseo— susurró.
Martín entrecerró los ojos.
—Ya lo tengo.
—¿Y qué pediste?
—Que la cadena aguante.
Javiera rió, sintiendo que el rugir del mar era apenas el telón de fondo para ese instante perfecto. No necesitaban más kilómetros para saber que el viaje más importante no era por la carretera, sino el que habían comenzado hacía tiempo.
De pronto un rugido diferente surgió de la nada. Se quedaron mirando desconcertados…
—Mi estómago… el piure… ya vengo!
Por Nico Altamirano.