El humo del asado se mezclaba con el olor a tierra húmeda. Era un día de rally en el sur, de esos en que la gente se juntaba temprano, se instalaba con parrilla, hielera y buena conversa a esperar el rugido de los autos que sacudían el camino.
—¡Ya po, Panchito, date una vuelta a la parrilla, que el lomo vetado se me está secando! —gritó el Rorro, con la pinza en la mano y la típica actitud de dueño de casa aunque ni siquiera estuvieran en su patio.
Pancho se paró de la hielera con una cerveza en la mano.
—Tranqui, hermano, si todavía queda rato. Además, ¿qué onda el humo? Parece incendio forestal más que asado.
Todos rieron, mientras el sonido lejano de motores comenzaba a acercarse. El retumbar hacía vibrar hasta las botellas en la mesa improvisada.
—¡Ahí viene! —gritó el Seba, el más fanático del grupo, parado en una roca con el celular listo para grabar.
De pronto, un auto apareció levantando una nube de polvo. Venía a toda velocidad, pero al tomar la curva de ripio perdió el control. Un segundo de silencio, el chillido de las ruedas, y ¡paf! El auto se volcó justo frente a ellos, quedando de lado.
—¡Conchet…! —alcanzó a decir el Rorro, soltando la pinza al suelo.
Todos quedaron helados, mirándose. El Pancho reaccionó primero:
—¡Ya, vamos cabros!
Salieron corriendo hacia el auto. El Seba, con la adrenalina a mil, gritaba:
—¡Cuidado, cuidado, no se acerquen tanto por el escape, que puede estar caliente!
Al llegar, vieron a los dos pilotos dentro, moviéndose, golpeando los cinturones. El navegante, con casco y todo, levantó el pulgar.
—¡Estamos bien! ¡Ayúdennos a enderezar esta cuestión!
Entre todos se pusieron de un lado del auto. El Rorro, con voz de entrenador de potrero, dijo:
—Ya, a la cuenta de tres. ¡Uno, dos, tres!
El auto cayó de nuevo sobre sus ruedas con un golpe seco. El piloto encendió, el motor rugió como si nada, y en cuestión de segundos ya estaban de vuelta en la pista, levantando más polvo.
Se quedaron parados, respirando fuerte, con las manos llenas de tierra y olor a caucho quemado.
—¡Weón, qué adrenalina! —dijo el Seba, con los ojos brillando.
—Casi me da un infarto —respondió el Pancho—. Oye, Rorro, ¿y si mejor sacai las longanizas antes que se nos quemen?
Volvieron a la parrilla entre risas y comentarios sobre lo que acababa de pasar. El Rorro agarró un pedazo de carne, se lo tiró al plato y dijo con tono solemne:
—Cabros, este asado ya pasó a la historia.
Estaban todos sentados de nuevo, brindando, cuando se escuchó otro rugido de motor acercándose. Miraron hacia la misma curva, y como una mala broma del destino, otro auto entró pasado, derrapó y ¡pum! terminó patas arriba en el mismo lugar.
Se quedaron en silencio un segundo, con la boca abierta. El Pancho, que justo se estaba metiendo un pedazo de carne enorme, se atragantó de la impresión.
—¡Agggh, la… la m… curva! —alcanzó a decir mientras tosía y golpeaba la mesa.
El Seba, entre preocupado y cagado de la risa, le dio palmadas en la espalda.
—¡Traga, weón, traga! ¡O querí que te demos vuelta a voh también pa’ que sigai la carrera!
El grupo entero estalló en carcajadas. Y, mientras corrían otra vez hacia el nuevo accidente, el Rorro gritaba por encima de todos:
—¡Al final vamos a tener que cobrar por este servicio, cabros!
Por Nico Altamirano.